Agosto 26,2026 -por Manuel C. Díaz-

!Santillana del mar! Sólo por la sonoridad de su nombre la hubiésemos visitado. Pero no fue su bonito nombre lo que nos hizo incluirla en el itinerario de nuestro más reciente viaje a España. En realidad, lo que nos interesaba era su pasado medieval y la serenidad casi monástica de su entorno. Y no sólo eso, sino que por su posición geográfica, sabíamos que nos serviría de comodín en el largo recorrido que pensábamos hacer entre Cantabria y Asturias. Creíamos que un par de días de descanso y tranquilidad, antes de continuar el viaje, no nos vendría mal. Y no nos equivocamos. Santillana es -después que los grupos de turistas matutinos se marchan- un remanso de paz.
Cuando la noche cae sobre el pueblo, sus estrechas calles adoquinadas adquieren un aura de mágica irrealidad. No es fácil describir lo que se siente. Es como regresar físicamente al pasado y de repente poder ver a sus monjes fundadores atravesando en silencio la desierta Plaza Mayor. Es así de fuerte la atmosfera de encantamiento que envuelve al visitante.
En Santillana del mar -salvo recorrer con calma sus callejuelas, admirar sus floridas ventanas y entrar a curiosear en sus numerosas tiendas de regalos- no hay mucho que hacer. Su calle principal, Santo Domingo, se bifurca a la altura de la calle Carrera. Si se sigue por la izquierda, se llega a la Casa del Águila, una edificación del siglo XVI que alberga una interesante colección de arte cantábrico. Es pequeña, pero no hay que pagar la entrada. Si se sigue por la derecha, se accede a la calle Cantón, donde están las principales casonas del siglo XV, entre las que se destacan la de Leonor de la Vega, madre del primer marqués de Santillana y la de los Villa, también conocida como «la de los hombrones», porque el blasón de su fachada está sostenido por las figuras de dos grandes hombres.
Justo al final de esta calle se encuentra la Colegiata de Santa Juliana, el monumento religioso más importante de Cantabria. Construida en el siglo XII sobre un antiguo monasterio benedictino, se destaca por su fachada de piedra anaranjada y por su singular campanario redondo. En su interior puede verse la tumba de Santa Juliana, de quien se dice que domó al demonio y que fue muerta por el esposo al negarse a consumar el matrimonio la noche de su boda.
Cerca de la iglesia está el Museo de las Torturas, donde se exhibe una cantidad inimaginables de instrumentos de suplicio, tanto los utilizados durante la Inquisición, como en otros oscuros períodos históricos de la humanidad.
Santillana es tan pequeña, que un día es suficiente para recorrerla en su totalidad.
Cerca de Santillana se encuentra la ciudad de Comillas, que también visitamos. Es conocida no solo por sus playas, sino también por la arquitectura de algunos de sus edificios, diseñados todos por famosos arquitectos catalanes en los primeros años del siglo XX. Llegamos en menos de una hora y entramos por una carretera que, aprisionada entre el mar y las montañas, iba bordeando la costa. Desde lo alto, podíamos ver su playa que, en forma de medialuna, se extendía entre dos acantilados.
Antes de dirigirnos al centro de la ciudad, almorzamos en uno de los muchos restaurantes que con sus terrazas al aire libre se alinean a lo largo del paseo que rodea la playa. En realidad, lo que hicimos fue tapear. Y como quiera que estábamos frente al Mar Cantábrico, quisimos probar sus especialidades: boquerones al ajillo, calamares fritos, mejillones con salsa de ajo, almejas de Pedreña y un par de cañas bien frías. Nos sentimos tan a gusto allí -no sólo por la comida sino por la vista de la playa-, que si no hubiese sido porque todavía teníamos que visitar el casco viejo de la ciudad, nos habríamos quedado allí toda la tarde.
Antes de marcharnos de Comillas, nos detuvimos en el antiguo cementerio -hoy convertido en atracción turística- que está a la salida de la ciudad y donde se alza la famosa escultura del Ángel Guardián, de José Llimona. Ya cuando nos íbamos, desde lo alto de los acantilados, volvimos a ver la playa. El sol comenzaba a ponerse y las aguas del Mar Cantábrico, azules y embravecidas cuando llegamos, ahora eran violetas y serenas.
Una hora después ya estábamos otra vez en Santillana del Mar. Había anochecido, los turistas se habían marchado y el silencio había vuelto a apoderarse de sus calles. Mientras caminábamos de vuelta a nuestro hotel, volvimos a sentir todo el peso de su pasado medieval.
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