abril 29, 2026 – Por Manuel C. Díaz

A orillas del río Adigio y a medio camino entre Milán y Venecia, está la ciudad de Verona, que fuera república independiente durante mucho tiempo y todavía importante plaza del llamado cuadrilátero lombardo.
Sin embargo, Verona no es conocida por su importancia histórica o económica, sino por haber sido el escenario de una de las historias de amor más grande de todos los tiempos: la de Romeo y Julieta, obra teatral escrita por William Shakespeare en el año 1597.
Y aunque Verona es mucho más que Capuletos y Montescos, los turistas la visitan para ver, más que su Basílica o su Coliseo Romano, la casa donde vivió Julieta. O el lugar donde se supone que está enterrada. O la presunta casa de Romeo, hoy convertida en un restaurante.
Pero ¿existieron realmente Romeo y Julieta?
La verdad es que, aunque no hay evidencias de que estos inmortales amantes hayan existido, a nadie parece importarle.
Hace unos años, en camino de Milán a Venecia, visité Verona. No en busca de las huellas de los famosos amantes, sino como una de esas paradas para descansar y almorzar que deben hacerse en los viajes largos.
Como ya estábamos allí, mi esposa y yo aprovechamos la ocasión para dar una vuelta por el casco viejo de la ciudad. Comenzamos por la Plaza Bra, donde se encuentra el Ayuntamiento y el Palacio de la Gran Guardia y terminamos en la Piazza delle Erbe.
Una de las calles que desemboca en esa Plaza es la Via Capella, donde está -eso lo descubrimos más tarde- la casa de Julieta.
Un diminuto letrero señalaba el lugar. Si no hubiese sido por la cantidad de personas que se agolpaban en su puerta, habríamos seguido de largo.
Sin pensarlo dos veces nos unimos al grupo de los que esperaban, pagamos los cinco euros de admisión y entramos a la casa, en cuyo patio central hay una estatua de bronce de Julieta a la que todos los visitantes, según la tradición, deben acariciarle el seno derecho -ya pulido y brilloso por el roce de millones de manos- y pedir un deseo.
Después hicimos lo que todos estaban haciendo: subimos a la habitación de Julieta y nos asomamos al balcón inmortalizado por Shakespeare. Decenas de personas esperaban para hacer lo mismo. Yo no salía de mi asombro. Me resultaba imposible creer que a pesar de que no existen evidencias de que los Caputelo hayan vivido en esa casa, los turistas sigan visitándola sin importarles que todo no sea más que un timo turístico.
Al salir de la casa, la siguiente visita era casi obligada: la tumba de Julieta. Así que seguimos al grupo hasta el Convento de San Francisco del Corso, donde se suponía que dentro del edificio, en una celda, se podía ver un sarcófago de mármol rojizo en el que estarían los restos de Julieta.
Al llegar al convento, decidimos no entrar. No teníamos tiempo y debíamos seguir rumbo a Venecia. Uno de los turistas del grupo, con un folleto en la mano, nos dijo: «Pasen entonces frente a la casa de Romeo. Aquí está la dirección».
Tomamos el folleto por cortesía y le dimos las gracias, pero no fuimos a la casa de los Montesco sino al parqueo donde habíamos estacionado el auto.
Cuando ya estábamos a punto de tomar la Autoestrada A4, mi esposa abrió el folleto y en la primera página encontró -después lo comprobamos- el prólogo de Shakespeare a la primera edición de “Romeo y Julieta”.
Mientras yo conducía, ella comenzó a leer: «En la hermosa Verona, donde acaecieron estos amores, dos familias rivales igualmente nobles habían derramado, por sus odios mutuos inculpada sangre. Sus inocentes hijos pagaron la pena de estos rencores, que trajeron su muerte y el fin de su triste amor».
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