Piedad y terror en Picasso. El camino al Guernica

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enero 09, 2026 – por Manuel C. Díaz

Guernica, uno de los cuadros más famosos de Pablo Picasso, está expuesto desde 1992 en el Museo Reina Sofía de Madrid y es visto cada año por dos millones de personas. Sin embargo, a pesar de que mi esposa y yo visitamos esa ciudad en varias ocasiones, nunca pudimos verlo por falta de tiempo. Es por eso por lo que cuando decidimos pasar unos días en Madrid, lo primero que hicimos fue comprar con antelación los boletos de entrada al museo. No queríamos que nos pasara lo mismo que otras veces. Hasta contratamos los servicios de un guía profesional. Lo que no sabíamos era que ese mes el Museo Reina Sofía estrenaba la muestra Piedad y terror en Picasso: el camino al Guernica, para conmemorar el 80 aniversario de la obra.


Nuestro guía, un joven estudiante de Historia del Arte, nos explicó que el museo le había adicionado al
conjunto de sus obras propias otras traídas del Pompidou de París, de la Tate Modern de Londres, y
del Metropolitan de Nueva York. «Esta visita será especial por los ochenta años del Guernica», nos dijo.
«En esta muestra hay obras que difícilmente vuelvan a ser reunidas, como Las tres bailarinas, de 1925 y
Mujer peinándose, de 1940″.


Cuando caminábamos hacia el edificio Sabatini, donde estaba instalada la exhibición, no pude menos
que recordar la historia del Guernica. En 1937, en plena Guerra Civil, el gobierno republicano decidió
utilizar la Exposición Internacional de París para buscar apoyo a su causa. Los organizadores querían
que la obra principal fuese un gran mural de quien en aquel momento era el artista español más reconocido: Pablo Picasso.

El encargo, desde luego, venía acompañado de una petición: el cuadro debía representar la lucha de la
República contra los sublevados que dirigía el general Francisco Franco. A regañadientes, pues
hasta ese momento en su obra no había temas políticos, Picasso aceptó la encomienda. Mientras
trataba de encontrar inspiración para el cuadro, la fecha de la exposición se acercaba sin que el trabajo
estuviese ni siquiera empezado. Entonces, el día 26 de abril la Legión Cóndor alemana bombardeó la
ciudad vizcaína de Guernica.

Antes de llegar a la sala donde está el Guernica es necesario pasar primero por una donde se exhibe una
maqueta de la Exposición Internacional de París y la escultura La dama oferente, que también se expuso
en aquella ocasión. En la siguiente sala pueden verse algunos de los bocetos preparatorios hechos a
plumilla por Picasso y que terminarían formando parte de la obra final.

Es al pasar esta sala cuando de repente aparece el Guernica en toda su plenitud. Sus tres metros y
medio de alto por sus casi ocho de largo, con toda su simbólica carga de horror, ocupaban la totalidad de la pared. Nuestro guía no perdió tiempo y enseguida comenzó con las explicaciones. «Su estructura», nos
dijo, «es la de un tríptico cuyo panel central está ocupado por el caballo agonizante y la mujer portadora de la lámpara». Nosotros tratábamos de seguir sus descripciones, pero la vista se nos iba
hacia otros espacios de la tela. «A la derecha», siguió diciendo, «está la casa en llamas con la mujer
gritando y a la izquierda el toro y la mujer con su hijo muerto». Pero ¿que significaban todas aquellas
figuras? El joven guía ni siquiera intentó explicarlas. Se limitó a decirnos que «fueron tantas las
interpretaciones que el propio Picasso, quizás molesto porque le seguían haciendo preguntas sobre
su significado, terminó por decir que el toro era un toro y el caballo un caballo».

Desde luego, Picasso mentía. Solo tuve que levantar la vista para comprenderlo. Aquellas nueve figuras
estaban abiertas a cualquier interpretación. Antes de que nuestro guía terminara su explicación, loscustodios de la sala nos ordenaron salir. Pero yo no me moví de mi lugar. No podía. Fue entonces que
recordé lo que Picasso le dijo a su amigo Christian Zervos: «Yo quisiera que nunca se supiese cómo se
han hecho mis cuadros. ¿Qué interés puede haber en eso? Lo que deseo es que de mis obras solo se
desprenda la emoción». Quizás eso debió haber sido lo que me impedía salir de aquella sala.

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