Los cuentos de Raúl Kay.

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septiembre 29, 2025 – José Fernández Planas (de la colección de cuentos de Raúl Kay, un mitómano simpatíco e inolvidable).

Foto de Archivo – Isabel II

LA CORONACION DE ISABELITA

Si hubiéramos sabido que misteriosa asociación de ideas producía las variaciones del contenido, sin duda que desde aquel día glorioso en que germinó este maravilloso relato lo habríamos repetido una y otra vez. Es difícil concebir una anécdota con tanta riqueza como esta que se transporta sobre el océano Atlántico y toca a dos estadistas de la talla que Kay manejo con la misma soltura con la que se relacionaba con el bodeguero de la esquina y el barbero del barrio.

Bendecidos de Dios los afortunados que recibieron de primera mano la ambientación, las expresiones, los tonos confidenciales y la modestia con que Kay supo cubrir aquel día el relato de las peripecias que la Reina Isabel de Inglaterra propiciaría al enviar una invitación personal a Raúl para que la honrara con su presencia en aquella ocasión gloriosa de su coronación. 

Qué disparó su imaginación? Algunos dicen que la mención del monarca, otros que fue una foto de un avión que entonces cubría la ruta transatlántica entre New York y Londres, no faltan los que con simpleza piensan que los datos eran reales, aunque un poco adornados. Estos últimos son catalogados como los más ardientes fanáticos de sus relatos que temían que la sola duda pudiera terminar de golpe el proceso creativo futuro. Sea como sea, Kay mencionó como de pasada su presencia en la coronación. Como otras veces la frase era construida para invocar la pregunta de cómo se habría desenvuelto en los gentíos que aquella ocasión había creado en la ciudad de Londres.

– «Bueno fue una aventura. A pesar de haber recibido con tiempo la invitación de Isabelita me demoré en hacer la reservación en KLM y dos días antes por mucho que traté, no conseguí ningún vuelo a Londres. De tonto no me había percatado de la importancia histórica del evento y perdí la conexión directa».  

El trato familiar del nombre de la reina, la deferencia de la reina hacia su persona, su desatención a la importancia de la ocasión, su demora en reaccionar se reforzaban mutuamente para destacar su relación amistosa, familiar, de tú a tú, con la monarca del Reino Unido.

No recordamos ninguna otra anécdota que nos haya producido un golpe tan fuerte en la quijada como para sacudir cada célula de nuestro cerebro disparando toda nuestra atención en una sola dirección. Kay nos había envuelto en una red de la cual no podríamos zafarnos. Éramos todo suyos, con ojos bien abiertos, sin atrevernos a mirarnos entre nosotros. Que podría venir después de esto que mantuviera la concentración de los escuchas? Que vendría después?

– «Pero mi agente de pasajes me consiguió un vuelo directo a Paris, pero se lamentaba de que aterrizaba en Orly a solo una hora antes de la coronación. Me reproche mi descuido, pero mi relación con Isabelita no me permitía hacerle tamaña grosería». 

No había precedente de un fallo de Kay de esta envergadura. Estábamos acostumbrados a sus éxitos no a sus admitidas derrotas. La sorpresa y la expectación crecían a lo largo de su recuento. El maestro seguía estrangulando la red y acercaba más los oyentes. No había ruidos exteriores capaces de distraer. Ni la llegada del condumio diario los movería. Quizás alguien haya preguntado con timidez: Y entonces?

– «Pues nada, tomé el Air France que gracias a Dios atravesó el Atlántico de acuerdo al plan de vuelo». 

Todos los relatos de Kay estaban sazonados por el uso correcto de los términos. Plan de vuelo era mas pomposo y correcto que decir puntual o cualquier otra simpleza. El uso del nombre de la aerolínea superaba con creces al decir que había abordado el avión. Kay no escatimaba los aderezos que enriquecían su relato.

– «Durante el vuelo me mantuve informado a través del piloto, a quien conocía, de los progresos de los preparativos de la ceremonia. La coronación estaba programada para las 2:00 PM hora de Greenwich que es la misma hora de Londres. Nuestro vuelo aterrizaría a las 2:15 PM hora de Paris. Es decir que llegaríamos a Paris con solo 45 minutos de diferencia con la hora de la coronación. Como dije llegaríamos dentro del Schedule. Tan pronto como aduanas nos despejo. Tome un teléfono y llame a Charles».

El nombre de Charles produciría en la audiencia el efecto buscado. Eran caras de ignorante sorpresa que se acentuaban por la mirada inquisitiva con que Kay recorría a los oyentes uno a uno. Con una parsimonia que intensificaba el denso silencio. Charles?

– «Sí Charles De Gaulle. El entonces presidente de Francia. Lo saludé y rápidamente le impuse de mi situación comprometida. Le pedí un Mirage. Hizo un aparte lejos del teléfono. Pasaron unos dos minutos. Cuando de nuevo se dirigió a mi me indicó que casualmente había un caza sobrevolando el aeropuerto de Orly y que me dirigiera a la pista donde el jefe de la seguridad del aeropuerto me recogería para llevarme al Mirage que estaría aterrizando ya en ese momento».  

– «Con gran deferencia el piloto del Mirage descendió del avión y me entrego su casco con la boquilla de oxigeno».

Con esa mirada con que James Bond nos deleitaría en el futuro. Esa mirada que entre sonrisa y sorna nos indica lo que Cristo -seguramente con mirada imponente –  acuñaría cuando le confió a Pilatos que su reino no era de este mundo. La mirada del poseedor del carnet de piloto de Mirage, amigo de la reina Isabel y de Charles De Gaulle. La mirada de quien pertenece a otra liga de pelota. De quien esta en las ligas mayores cuando los interlocutores no han pasado de jugar en el placer yermo de tierra colorada, piedras por bases y troncos de árboles por bancos.

– «Subí al avión».

Solo entonces los desconcertados oyentes se percataban de que habían sido conducidos a un nuevo nivel de fantasía. Hay quienes piensan que entre los oyentes hubo un confidente de Ian Fleming y que después de oír estas anécdotas le pareció que nada sería increíble a la hora de crear las aventuras del espía 007 de la corona británica. Fue entonces que algún desconcertado incrédulo debe haber tímidamente preguntado: Ud. piloteo el Mirage?

– «Sí y entonces tome rumbo 270 grados y estaría cruzando el Canal de la Mancha a la 1:50 PM. Yo sabía que el cortejo saldría del Palacio de Buckingham a esa hora y que se encaminaría a la abadía de Westminster a un paso lento. Esto me daba unos escasos dos minutos para hacer el aproach. Abajo se veía la muchedumbre alineada a ambos lados de la avenida. Hice un pase paralelo a baja altura y pude percibir el cortejo. Entonces gire 180 grados y sobrevolé a la menor velocidad posible haciendo la señal de saludo bamboleando las alas. Otros 180 grados y nuevamente repetí la maniobra de saludo».

La habilidad para pilotear aviones de propulsión a chorro que un minuto antes había sido tímidamente cuestionada había pasado a un segundo plano. Una serie de maniobras permitidas solo por un bajo nivel de alerta  de seguridad por los súbditos de la coronada habían distraído totalmente la atención dirigiéndola a nuevos niveles de fantasía. Alicia en su país, The Lord of the Rings en su época y esta aventura de Kay habían alcanzado un grado similar de verosimilitud. 

Pero faltaba algo. Aquella historia estaba inconclusa. Como quedaba la reputación de Kay? No ante los escuchas que ya lo confirmaban en categoría de James Bond, Tamakun y Walter Mitty. Como se salvaba el honor de Kay? Que pensaría Isabelita? Como Kay iba a producir semejante despecho en el día más feliz de su amiga? 

Kay no podía dejar inconcluso aquel glorioso relato. La atención era total. El silencio inmovilizaba a los oyentes. Había superado cualquier nivel de expectación. Sus anteriores relatos eran balbuceos de novato en comparación con lo escuchado pero faltaba salvar el honor y la fidelidad de amigo incondicional. Entonces, paseando de nuevo su mirada de uno en uno añadió:

– «Luego me confiaron que al ver las maniobras del Mirage, Isabelita con una sonrisa de satisfacción dijo: “Ese tiene que ser Raúl Kay que no lo había visto  por ninguna parte”.

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