febrero 24, 2026 – por Manuel C. Díaz
Manuel C. Díaz Es miembro fundador del PEN CLUB de Miami. Desde hace veinte años escribe reseñas literarias y crónicas de viaje para El Nuevo Herald.
Hace un par de años, cuando supe que un amigo viajaría a Madrid, me pareció oportuno hacerle saber que el Museo Nacional del Prado cumplía dos siglos de inaugurado y que estaban celebrando la fecha con un ambicioso programa de exposiciones que incluía a Velazquez, Rembrandt y Vermeer.
Cuando le dije que era una oportunidad única que no debía perderse, me dijo: «Es que yo no soy de museos». Estuve a punto de contestarle: «Yo tampoco; pero los visito».
Sin embargo, no lo hice. Hubiese tenido que explicarle que no es necesario estar un día entero dentro de un museo para ver, al menos una vez en la vida, grandes creaciones artísticas de la humanidad, como “La Gioconda” de Da Vinci”, en el Louvre; el “David” de Miguel Ángel, en la Galería de la Academia; o “El nacimiento de Venus” de Botticelli, en el Uffizi.
La verdad es que hay gente a la que no le gustan los museos. Unos porque no les interesa nada que tenga que ver con la historia, el arte o la cultura en general. Y otros, como mi amigo, porque los consideran una pérdida de tiempo.
Puestos a escoger entre ver “Las meninas” o comerse un cochinillo asado en la Casa Botín, prefieren esto último. Nada malo en ello. Después de todo, el famoso restaurante madrileño es también bicentenario.
Cuando mi amigo regresó a Miami no quise preguntarle si por fin había ido al Prado. ¿Para qué? Yo sabía cuál hubiese sido la respuesta: «No, no fui; es que yo no soy de museos». Y es una pena que no lo haya visitado porque es uno de los más importantes del mundo.
Entre sus ocho mil obras se encuentran algunas de las más famosas de Velazquez, el Greco, Tiziano, Rubens, Murillo, Tintoretto y Goya.
El Prado abrió sus puertas por primera vez el 19 de noviembre de 1819 acogiendo, gracias a los esfuerzos de la esposa de Fernando VII, una parte importante de las colecciones reales.
Al igual que otros grandes museos europeos, el Prado debe su origen al gusto por el arte de los monarcas reinantes en esas épocas, siendo las escuelas pictóricas de España, Italia y Flandes, las más prominentes.
Cuando se inauguró, aunque contaba con muchos más cuadros, se exhibieron apenas trescientos; todos de artistas españoles. Y fueron expuestos en las únicas tres salas que existían en ese entonces. Hoy día cuenta con casi setenta salas distribuidas en varios pisos.
Yo he visitado el Prado dos veces. Y en ambas ocasiones lo he hecho -creo que es la mejor manera- acompañado por un guía profesional. En la más reciente de ellas fue un joven estudiante de Historia del Arte quien nos llevó de la mano directamente a las salas más importantes.
Primero a la número doce, la de Velazquez, donde nos explicó todo lo concerniente a “Las hilanderas” y “Los borrachos”. Y después a la sesenta y siete, la de Goya, donde no solo nos enseñó los cuadros de “Los fusilamientos del 3 de mayo” y “La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol”, sino que también nos señaló el contexto histórico en el que fueron pintados: la lucha del pueblo español contra la dominación francesa.
También nos llevó a ver “Caballero de la mano en el pecho”, una de las más emblemáticas pinturas de El Greco, haciendo resaltar en el lienzo la finura de sus trazos y la complejidad de sus sombras.
Recuerdo esa última visita, por lo enriquecedora que fue, como una experiencia inolvidable. Por eso a veces pienso que, si me hubiese tomado el trabajo de explicarle todo esto a mi amigo, quizás lo habría convencido de visitar El Prado. O tal vez no. Quién sabe. Lo más probable es que me hubiese vuelto a decir: «Es que yo no soy de museos».
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