por Manuel C. Díaz
enero 05, 2026
A casi cien años de su publicación en 1922 la novela Ulises, de James Joyce, sigue siendo considerada por la mayoría de los críticos como una de las más importantes, influyentes y discutidas del siglo XX. Es también, podríamos añadir, una de las más difíciles de leer: un experimento literario de casi mil páginas repletas de paralelismos encubiertos y significados ocultos que muchos aseguran haber leído sin siquiera haberlo intentado.
Jorge Luis Borges siempre dudó de los que decían haberlo hecho: “Muchos la han analizado. Ahora, en cuanto a leerla desde el principio hasta el fin, no sé si alguien lo ha conseguido”.
Hasta a García Márquez le resultó difícil hacerlo. Cada vez que le preguntaban cuáles eran sus novelas preferidas la mencionaba, pero siempre aclarando que de joven la había leído “a pedazos y tropezones” y que solo después de algunos años pudo al fin “releerla en serio”.
Ojalá yo pudiese decir lo mismo, pero no puedo. Nunca la he leído. Lo intenté en varias ocasiones, pero siempre terminé desistiendo. Sé que en algún momento volveré a tratar de terminarla, como hice con La señora Dalloway, de Virginia Woolf, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad y La montaña mágica, de Thomas Mann, que aparecen, junto a Ulises, en varias de esas listas de libros que deben leerse “antes de morir”.
Sé también que no será fácil porque Ulises es una de las novelas más complejas que se ha escrito. Su argumento, que narra un día en la vida de tres personas -Leopold Bloom, su esposa Molly y Stephen Dedalus- y que podría haber sido cronológico y de mediana duración, es en realidad un torrente de referencias clásicas, intertextualidades, figuras retóricas, sátiras y múltiples escenas escatológicas que la hacen, al menos para mí, ininteligible.
Aun así, durante mucho tiempo me sentí culpable por no haberla leído. Por suerte, ya no. Creo que ese sentimiento de culpabilidad comenzó a desaparecer durante una visita que mi esposa y yo hicimos, hace ya algunos años, a Dublín, la ciudad donde justamente la odisea de Ulises -no la de Homero sino la de Joyce- realmente comienza.
Recuerdo que cuando llegamos lo primero que hicimos fue comprar una de esas excursiones que se hacen caminando. De todas las capitales europeas, Dublín es una de las más íntimas que he conocido, muy fácil de explorar a pie. Más que una ciudad, es un luminoso vecindario que se extiende a ambos lados del río Liffey.
La excursión comprendía paradas en la Catedral de San Patricio, la Universidad de la Trinidad y otros lugares de interés, como el edificio del antiguo Parlamento y el edificio de la Oficina General de Correos, que fue donde en 1916 tuvo lugar la famosa Rebelión de Pascua.
Para mi sorpresa, una cuadra más arriba, antes de llegar a la Iglesia de Santa María, el guía se detuvo frente a la estatua de un hombre que, apoyándose en un bastón, parecía mirar al cielo. Lo reconocí enseguida: era James Joyce.
Antes de comenzar lo que sería una breve pero detallada biografía, el guía se paró frente a la estatua y señalando hacia ella, dijo: “Les presento al más grande e influyente escritor del siglo XX”.
Cuando terminó su charla, preguntó: “¿Quién de los aquí presentes ha leído su novela Ulises?”. Y como nadie levantó la mano, dijo a modo de consolación: “No se sientan mal. Su esposa tampoco pudo leerla”. Y agregó: “Por eso fue por lo que un día le reclamó: ¿por qué no escribes libros normales para que la gente corriente pueda leerlos?”
No sé si la anécdota es verídica o no. Pero sí sé que desde aquel día dejé de sentirme avergonzado por no haber leído la dichosa novela.
-Fin-
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