por Rafael Bordao, PHD

Hace apenas un mes, el derrocamiento forzoso de Nicolás Maduro en Venezuela abrió un abismo que el gobierno cubano no ha sabido -ni podrá- disimular. Durante años, el petróleo venezolano funcionó como respiración asistida para una economía exhausta. Hoy, sin ese flujo gratuito, la isla enfrenta su realidad desnuda, un sistema que sobrevivía gracias a subsidios externos y que, al perderlos, revela su fragilidad estructural.
Las ciudades y los pueblos de Cuba continúan sumidos en apagones interminables. La electricidad llega por horas, como un visitante caprichoso. El combustible escasea hasta el absurdo. Los alimentos básicos aparecen a cuentagotas, como si la supervivencia fuera una rifa diaria. El pueblo está agotado, golpeado por décadas de carencias y por un aparato político que exige sacrificios sin ofrecer horizontes.
En medio de este colapso, el mandatario Miguel Díaz-Canel se dirige al país con un discurso que ya no convence a nadie. Atribuye la crisis al gobierno de Estados Unidos, habla de soberanía, de igualdad de condiciones para dialogar, de los supuestos daños que sufrirán los niños, las escuelas, las fábricas y el transporte. Se presenta como víctima de un asedio externo, como si la historia no registrara 67 años de control absoluto, represión sistemática y prohibiciones que han cercenado libertades esenciales: pensar, escribir, reunirse, disentir.
La palabra soberanía en boca del poder cubano se ha vuelto una caricatura sobrecogedora. Los únicos que la ejercen son los miembros de la élite gobernante. Para el ciudadano común, la soberanía es una ficción: no decide, no elige, no participa. El cinismo del discurso oficial pretende conmover, pero el país entero sabe que quienes hoy se proclaman víctimas han sido, durante décadas, los verdugos de su propio pueblo.
El régimen insiste en que hay principios “no negociables”: la permanencia del Partido Comunista y la defensa de la soberanía. Pero esa intransigencia no es un acto de dignidad; es la confesión de un miedo profundo. Saben que el daño acumulado -económico, moral, y social- está pasando factura. Saben que la población ya no cree en promesas ni en discursos, saben que el país se les deshace entre las manos.
Durante 67 años, la ideología marxista-leninista fue impuesta como dogma único. Se encarceló a quienes hablaron demasiado alto, se expulsó a quienes pensaron distinto, se silenció a quienes soñaron con un país plural. Hoy, ese edificio autoritario cruje y se tambalea. No porque haya sido cuestionado desde afuera, sino porque la realidad interna lo ha roído hasta el hueso.
El gobierno se queja, se victimiza, dramatiza. Pero la historia es terca; los pueblos reconocen a sus verdugos incluso cuando estos intentan disfrazarse de mártires. Y Cuba, después de tantas décadas de oscuridad, empieza a ver con nitidez quién ha sostenido la mano que la ha mantenido en la penumbra.
El fin del petróleo venezolano no es solo una crisis energética. Es el símbolo de un ciclo que se agota. Es la evidencia de que un modelo basado en la dependencia, el control y la represión no puede sostenerse indefinidamente. Es, quizás, el comienzo de una verdad que ya no podrá ocultarse, que el país necesita un cambio profundo, estructural, democrático, y que ese cambio no vendrá de quienes han hecho del poder su único proyecto.
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