Alberto Reyes: “El mayor desafío será aprender a vivir en democracia y libertad”.

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Uno de los sacerdotes católicos más combativos habla de su visión de una Cuba sin dictadura.

Alberto Reyes Pías escribe con una libertad a la que no acostumbra la Iglesia católica en Cuba. / Captura de pantalla/ Voces de Cuba/YouTube

Cortesía.14ymedio

Madrid/Alberto Reyes Pías no solamente ofrece sus reflexiones en sus homilías como párroco de la iglesia de San Jerónimo, en Esmeralda (Camagüey). Nacido en 1967 en el municipio camagüeyano de La Florida, psicólogo a la vez que sacerdote, las deja también, cotidianamente, en sus redes sociales. “He estado pensando”, es el leitmotiv con el que comienzan sus textos, cuidados en forma y en fondo, escritos con una libertad a la que no acostumbra la Iglesia católica en Cuba.

“¿Qué tanto daño puede haber hecho un adolescente de 16 años en un país donde casi lo peor que se puede hacer es tirar piedras? Suponiendo que haya tenido un comportamiento antisocial agresivo, ¿es proporcional mandarlo a una cárcel de presos comunes, romperle lo que le quedaba de infancia, destruir su inocencia para siempre?”, se preguntaba en uno de sus post más recientes, en defensa de Jonathan Muir, encarcelado por manifestarse en Morón (Ciego de Ávila), y de otros jóvenes reprimidos por expresar su inconformidad, como Kamil Zayas y Ernesto Medina, creadores del proyecto El4tico, y Anna Sofía Benítez Silvente, conocida como Anna Bensi.

Esa publicación sigue la tónica de las que realiza desde hace años, siempre al lado de una población doliente y en contra de un régimen que les impide desarrollarse.

Pregunta. Cuando se habla de cambio en Cuba, se habla, claro, de reformas políticas, de cambio económico, de reconstrucción de infraestructura, pero no se presta tanta atención a “sanar el alma” tras 67 años de dictadura. ¿Cuál cree que ha sido el principal daño psicológico en este sentido para la población?

Respuesta. En mi opinión, el principal daño psicológico a la mente y al corazón del cubano ha sido el aumento del relativismo moral. El cubano de hoy no suele detenerse para preguntarse si lo que hace está bien o está mal. Su mente se centra en lo que necesita, lo que puede “resolver”, o lo que le conviene decir o hacer para salir adelante o para no tener problemas, reales o imaginarios. Su preocupación es lograr lo que quiere, sin considerar si los medios para ese logro son buenos o malos. En muchos cubanos de hoy se ha normalizado mentir, robar, maltratar, manipular o banalizar el daño a terceros.

Según tengo entendido, el cubano era ya de por sí bastante laxo moralmente antes de la Revolución, pero esta condición se ha profundizado. Hemos vivido casi 70 años con un modelo social que no sólo excluye a Dios, sino que ataca a la religión, que es fuente de valores; hemos vivido en un sistema donde lo importante era la fidelidad a una ideología y todo lo demás debía someterse a ella, incluso la familia, la amistad, la conciencia; hemos vivido en una sociedad donde la mentira y la doble moral se convirtieron en mecanismos para sobrevivir. Todo esto ha destruido una pieza básica en la construcción sana de una persona y, por ende, de la sociedad: la capacidad de determinar qué está bien y qué está mal, y de decidir actuar dentro de los límites del bien.

P. ¿Ha notado en las últimas décadas algún cambio espiritual, para bien o para mal?

R. La necesidad de una experiencia espiritual siempre ha estado presente en el alma del cubano, y la búsqueda de esa experiencia no se ha detenido. Tanto a la Iglesia católica como a las evangélicas siguen llegando personas con lo que podemos llamar “sed de Dios”, personas deseosas de entrar en una experiencia religiosa y de reorientar sus vidas desde la fe. Sin embargo, tal vez lo más llamativo de las últimas décadas ha sido la afluencia de personas hacia las religiones afrocubanas. La santería ha crecido en Cuba a niveles nunca vistos, implicando no sólo a adultos sino también a niños.

P. ¿Tiene el Gobierno que ver en ese crecimiento?

R. No, yo creo que el punto con la religión afrocubana no es algo, pienso yo, premeditadamente buscado por el Gobierno, aunque el Gobierno ha intentado en los medios presentar la religión afrocubana como la “religión auténtica” de Cuba. Eso sí lo ha intentado hacer. Pero yo no creo que haya buscado así específicamente que aumente. Y tampoco es una cuestión de la misma religión afrocubana en sí de tener más gente, porque ellos no tienen una estructura organizada, no se reúnen en templo… Tener más o menos adeptos no es un problema para ellos. Creo que el punto está en la inseguridad que se está viviendo hoy en día. La gente está viviendo en un momento de mucha incertidumbre, no sabe lo que va a pasar, se siente muy desprotegida, siente que sus hijos están muy desprotegidos y entonces es una especie de reacción: “déjame hacerme santo, ponerme bajo la protección de un orisha para estar seguro, para estar tranquilo para tener algo a que aferrarme”.

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