Pedrito Rico en La Habana

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Septiembre 18, 2026 -por Manuel C. Díaz-

En 1958, a pesar de la grave situación política que existía en el país, la vida seguía su curso. Sobre todo, en el ambiente artístico y cultural. Los artistas extranjeros continuaban visitando Cuba para presentarse en programas de televisión, teatros y centros nocturnos.

Uno de esos artistas fue Pedrito Rico. Lo recuerdo bien porque en esa época yo trabajaba como ascensorista del recién inaugurado Hotel Habana Hilton, en el cual se hospedó.

Pedrito Rico llegó al hotel acompañado de su mánager, la señora Flori Antar (a la que todos llamaban la señora Souza) y cargado de maletas y baúles.

Porque era un huésped importante, y porque llegaba con mucho equipaje, fue Saúl Blanco, el Bell Captain del Hotel, el que se encargó de acompañarlos a sus habitaciones.

Yo estaba trabajando ese día y recuerdo que Saúl iba delante de todos con la llave en la mano y cargando sus abrigos, mientras que dos tres maleteros se ocupaban del equipaje.

Después de que estuvieron acomodados, Saúl Blanco y los maleteros esperaban, como era la costumbre, una propina. Sin embargo, la señora Souza parecía no darse por aludida. Para ganar tiempo, Saúl seguía explicándole cómo funcionaba el aire acondicionado, cómo se abrían las cortinas del balcón y cómo trabajaban los teléfonos.

La situación se volvió incómoda. Mientras Saúl Blanco y compañeros esperaban por su propina, la señora Souza ya había comenzado a desempacar. Hasta que por fin dijo, algo así como que ella no daba propinas al llegar a los hoteles sino al marcharse.

A los empleados no les quedó más remedio que retirarse y dejaron a Pedrito Rico instalado en su habitación, listo para comenzar su gira cubana.

Había llegado desde Buenos Aires donde, de la mano del empresario argentino Ángel Dolarrea, se había convertido en un ídolo. Fue allí, durante sus presentaciones en el Teatro Avenida, donde fue bautizado como «El Ángel de España».

Pedrito Rico había nacido el 7 de septiembre de 1932 en Elda, un pueblo de la provincia de Alicante. Comenzó su carrera artística actuando en el Teatro Ruzafa de Valencia y también en el Teatro Price de Madrid. Tenía una excelente voz y era un gran bailarín. Pero no fue hasta que actuó en Buenos Aires, que alcanzó el éxito internacional.

En La Habana hizo furor con las canciones Mi perrita pequinesa, La campanera y Mi escapulario, que se oían a todas horas por la radio. La venta de sus discos alcanzó cifras nunca vistas, por lo que le fue otorgado “El Disco de Oro” de ese año. Era, aunque todavía no se usaba ese término, una “Pedritomanía”: hasta se vendieron pañuelos de seda y sayas con su cara impresa

Fue tanta su popularidad que sus admiradoras crearon el Club de Pedrito Rico. Yo solía ver a las muchachas que lo integraban en el lobby del hotel esperando a que Pedrito bajara de sus habitaciones. Algunas llegaban hasta donde estaban los ascensores y me entregaban pequeñas notas con sus nombres y teléfonos escritos para que yo se las entregara. Muchas se las di a él en persona cuando yo lo bajaba en el ascensor; otras, las que no pude hacerles llegar, me permitieron concertar un par de citas con sus admiradoras.

Pasaron los meses y llegó el fin de su gira cubana. Ese día, Saúl Blanco se ocupó también de dirigir la partida. Sobre todo, porque era el día en que se suponía que la señora Souza daría la sustanciosa y esperada propina.

Ante el asombro de todos, cuando ya los maleteros se disponían a bajar el equipaje, se escuchó a la señora Souza gritar: “! ¡La sortija, la sortija! ¿Dónde está la sortija?».

Fue un momento terrible para los empleados que estaban en la habitación. Subieron los detectives y subió también el administrador. Se registró minuciosamente el lugar y la sortija no aparecía. Cuando ya el incidente estaba por convertirse en algo mayor, la dichosa sortija apareció en un maletín de mano.

Como era de suponer, la señora Souza se marchó indignada del hotel y sin dar propina.

Y nosotros nos quedamos como la «perrita pequinesa» en el portal: «Ay, sí, sí, sí, ay, no, no, no».

Después de aquella visita, Pedrito Rico no regresó a Cuba. Siguió su exitosa carrera en países como Uruguay, Colombia y Perú. En los años setenta se presentó en Miami donde era tan querido por los cubanos exiliados. Lo hizo en el Teatro Martí de la Pequeña Habana y compartió el escenario con Orlando Contreras.

Pedrito Rico falleció en Barcelona el 21 de junio de 1988.

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