La isla de Capri

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julio 12, 2026 -por Manuel C. Díaz

A finales de los años sesenta se escuchaba en Cuba una canción titulada «Capri c’est fini». La pasaban constantemente en el escuchado programa Nocturno y era interpretada, según siempre nos advertía condescendientemente el locutor, por el cantante francés Hervé Vilard.

Ninguno de los jóvenes cubanos de aquella época sabíamos quién era Herve Vilar. Cómo íbamos a saberlo si vivíamos en un completo aislamiento cultural. Te dejaban escuchar la canción, sí, pero te quedabas sin saber nada con relación a ella o a su autor.

Ninguno de los jóvenes cubanos de aquella época (y de ninguna otra habría que decir) hablábamos francés, pero tatareábamos la letra imaginando que hablaba de una historia de amor en la isla de Capri: «Nous n’irons plus jamais» (Jamás regresaremos). «Ou tu m’as dit jet t’aime» (A donde me dijiste te amo). «Tu viens décider, nous n’irons plus jamais» (Tú lo decidiste, jamás regresaremos). «Capri, c’est fini» (Capri se acabó).

Y mientras escuchábamos la pegajosa letra soñábamos con algún día poder escapar de aquel infierno. Y también pensábamos, ingenuamente, que recorreríamos el mundo y visitaríamos la romántica (así la imaginábamos) isla de Capri.

Sabíamos que era un sueño imposible; pero aun así soñábamos.

Nunca pensé que aquel sueño se haría realidad cuarenta años después. Sí, se hizo realidad. En el 2006 visité Capri y recordé cómo aquella canción fue un rayo de luz en la desesperanza de nuestras vidas.

Hoy quiero compartir con ustedes los recuerdos de aquel inolvidable viaje.

                          LA ISLA DE CAPRI

A la isla de Capri se puede llegar por ferry de dos maneras: desde Sorrento o desde Nápoles. Nosotros lo hicimos desde Sorrento porque habíamos llegado desde Roma, dos días antes.

Después de haber recorrido los principales puntos de interés turísticos de esa ciudad, decidimos visitar Capri.

Como Sorrento está en lo alto de un farallón, para hacerlo hay que bajar por una escalera que termina en la marina de donde salen los ferrys hacia Capri.

En realidad, son tramos de escalera que van descendiendo, entre un mirador y otro, hasta llegar a la bahía. Las vistas, en cada uno de los salientes, son únicas. Por un lado, el exclusivo azul del mar Tirreno; y por el otro, los acantilados que se precipitan en sus aguas. En los bordes de sus cimas las villas, aunque protegidas por sus floridos muros, parecían balancearse en el vacío. A lo lejos Nápoles era una urbe nebulosa, envuelta en la bruma matinal de su puerto. Y frente a nosotros, Capri, alzándose verticalmente desde el mar, emergiendo de repente con la fuerza volcánica de sus riscos.                 

Lo primero que hicimos al llegar a la marina, fue comprar los boletos para el viaje de ida y vuelta a Capri. Se pueden comprar los del Ferry, que son más económicos; o los del hidroplano, que son más caros. Nos decidimos por los del hidroplano porque la diferencia de precios no era mucha, y porque ahorrábamos un tiempo precioso. Salen cada una hora y en sólo 30 minutos llegan a Capri. Mientras esperábamos la salida, caminamos un poco por el muelle. Aunque esta marina –llamada Piccola para diferenciarla de la grande donde están las playas—recibe una tercera parte de los turistas internacionales que pasan por Sorrento, no hay mucho que hacer.                                                                                

En el área donde estacionan los ómnibus hay pequeños restaurantes, casas de cambios y tiendas de regalos. En un promenade que se extiende a lo largo de donde salen los barcos, hay un par de rotondas con bancos y unos cuantos canteros con flores. Y eso es todo. Eso sí, las vistas siguen siendo hermosas.

Y lo son más desde el hidroplano. Las laderas de Sorrento, vistas a través del arco iris que forman las aguas al ser impulsadas al aire por los motores, alcanzan la levedad pictórica de un cuadro de Monet. La costa se convierte entonces en un inacabable mural de paisajes impresionistas. Una difusa paleta de colores desvaídos que se aleja, difuminada, sobre la estela que va dejando la nave. Hasta que, de repente, aparecen las primeras rocas enhiestas de Capri.

Las cosas cambian al llegar a la marina de Capri. Por un momento desaparecen los dramáticos paisajes y el visitante se enfrenta al cotidiano ajetreo de un antiguo puerto pesquero. A sus embarcaderos arriban comestibles, automóviles y turistas. Todos juntos. La actividad es frenética.                                                                        

A esta marina le falta el charm de la de Sorrento. Será por eso por lo que las celebridades sólo atracan sus yates en las dársenas privadas de la isla. Es difícil imaginar su arribo entre cargamentos de cebolla y proschiuto.

En Capri el tiempo no le alcanzará si no planea bien su estadía. Por eso le sugiero que antes de tomar el funicular para subir al centro de la ciudad, visite la famosa Gruta Azul, una cueva marina misteriosamente iluminada desde el fondo por rayos de luz solar. Lo más probable es que no pueda entrar en ella porque casi siempre la marea alta lo impide. No espere que en la taquilla de ventas se lo adviertan. Pero, aunque no pueda entrar, no importa; el boleto incluye una vuelta alrededor de la isla y podrá contemplar los llamados Baños de Tiberio, el Palacio del Mar, y la menos conocida Gruta Verde. El viaje dura unos 90 minutos y el patrón del barco se encarga de ir señalando los lugares de interés. Pero, aunque no lo hiciera, las vistas solas lo dejaran sin aliento.

Cuando el barco atraque de vuelta, no pierda tiempo. Deje atrás el bullicio de la marina, tome el funicular y elévese sobre las aguas del Golfo de Nápoles, hasta la Plaza Humberto I, centro de la ciudad. Aquí es donde están todos los hoteles, restaurantes y tiendas famosas. Aquí están los Jardines de Augusto, un lugar ideal para descansar y desde donde pueden verse los llamados Farallones, las rocas más fotografiadas del mundo. Aquí están también las ruinas de Villa Jovis, una de las doce villas desde las cuales el emperador Tiberio vigiló su imperio. Aquí están también los famosos olivares y los limoneros. Y su verdadero encanto: las numerosas terrazas repletas de flores que se asientan en los bordes de sus riscos. Deténgase un momento en cualquiera de ellas, contemple en silencio el espectáculo de ensueño que se abre a sus pies, y deje que la naturaleza lo llene de sosiego.

De regreso en Sorrento terminamos la noche cenando en un restaurante de la Plaza Tasso. Era la despedida. Habían sido dos días inolvidables. Unos músicos tocaban tarantelas en la terraza del restaurante. Cuando nos íbamos, comenzaron a tocar Torna a Surriento. Y se me ocurrió pensar que hubiese preferido que tocasen Capri c’est fini.

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