Tony Ruano: penumbras y encanto de fulgor.

publicado en: Culturales | 0

Por: J. A. Albertini


La literatura es siempre
una expedición a la verdad.
Franz Kafka.

Una vez más con la novela La sombra del reflejo del prolífero escritor, poeta y
pintor Tony (José Antonio) Ruano sumerge al lector, con prosa concisa, directa
y clara, en un mundo, distorsionado por la creación literaria, de memoria
pertinaz y hechizada que se asienta en un pueblo pequeño de Cuba;
universalizado a golpes de sentimientos y recuerdos que, por fuerzas mayores,
de desarraigo brusco, mantienen la frescura del momento que no sucumbe al
olvido.
La magia, siempre la magia ligada a lo que aconteciese desde que los
exploradores llegaron al río y decidieron fundar el pueblo cerca de las riberas
de aquel cuerpo de agua cristalina y fría.
Con esta seductora descripción se inicia: La sombra del reflejo, trama que
acumula la vertiginosidad que acompaña nacimiento, vida y deceso de todo lo
que la naturaleza y fuerzas, quizá divinas, permiten.
La larga y calurosa noche del velorio de Jacinto —hombre de bien y eminente
visionario que ha repartido, a lo largo de su existencia terrenal, amistad, buenos
consejos y, sobre todo, recomendaciones o advertencias futuristas que, en más
de una ocasión, orientaron existencias o previnieron catástrofes humanas y
ambientales— congrega a la casi totalidad del pueblo que llena la vivienda y
ocupa la calle.
Todos quieren rendir homenaje póstumo al hombre generoso. Al abuelo del
niño Gabriel, nacido con el don de médium y que antes de aprender las
primeras letras ya hablaba de mis Seres de Luz. Gabriel, digno heredero de las
facultades de Jacinto, murió en plena infancia, luego de preconizar y remediar
—a pesar de su corta edad— situaciones, a todas luces desesperantes, como
aquella en la que él mismo pereció, al conminar a los que asistían a misa en la
iglesia cercana al convento de Las Monjas Filipenses a que abandonaran el
templo porque el techo se iba a derrumbar. Y frente al incrédulo sacerdote, que
le increpaba por alarmista, la estructura se vino abajo. Muchos feligreses,
incluyendo al cura descreído, perecieron. El pequeño Gabriel, prendido de sus
Seres de Luz, fue una de las primeras víctimas.
Sucesos como la catástrofe del templo no lo olvidan los moradores del pueblo,
como tampoco el espíritu de Jacinto que partiendo de su velorio —ya investido
con la atemporalidad que la eternidad concede— se elevó por encima de su
amada villa para recorrerla, desde los orígenes hasta el presente. De esa manera,
el ánima de Jacinto se presenta en las distintas barriadas. Comparte con los
negros del barrio Libertad, entró en bohíos de carboneros, leñadores y
agricultores, donde gusta algún guiso criollo. Llega a la vivienda del sacerdote
yoruba Alejandro y ve a una mujer caer en trance. Entra a la del espiritista
Eligio Benavides y siente cómo las almas desencarnadas se manifiestan.
Entonces, el inmaterial Jacinto recuerda los versos de Tony Ruano, su biógrafo,
y repite con eco de eternidad: Cuando muera / faciliten el avance a mi energía /
que energía y avance es solo una vida / aun cuando yo muera.
Jacinto, regresa al velorio, su mortuorio, y con satisfacción observa, según lo
planeado por él, cómo Rosa y Miguel, empiezan a concretar la relación
amorosa que, por años y diferentes motivos, ajenos al sentimiento, fue
complicada. Y frente a la visión de los amantes vuelve el alma del extinto a
recurrir al poeta Tony Ruano que sabe sus secretos e intenciones y en versos de
eternidad dice: Y desde aquí puedo decir / que la vida es aprender / enseñar /
dar ejemplos / hacer el amor / comenzar cualquier poema y dejarlo
inacabado… porque, en fin de cuentas, yago a la tenue lumbre de los cirios /
dejo las suelas huecas de mis zapatos / mis huesos y mis criterios / y un viejo
rito que superar.
Y amparado, en su condición etérea, comprueba la manera en que los tres
enigmáticos jóvenes, que no dejan huellas al pisar, reparten estampitas santas.
Al percibirla, recatadamente vestida, con un pensamiento afectuoso, agradece la
presencia de Eloísa, la dueña del prostíbulo local. Otro tanto hace con el
enjambre de viejas chismosas, pero apreciadas que, en cuchicheos, critican al
más pinto de la paloma.
Lanzó otra caminata, en la evocación pueblerina, y asiste a un paritorio, en el
que María, la anciana comadrona originaria de las Islas Canarias, conmina a la
parturienta: ¡Puja, puja que ya sale!
Jacinto, recorre el curso del río; revive la pesca de guabinas y la leyenda del
Güije. También, en el tiempo ido, es testigo, en La Playita del Recodo, del lance
amoroso de Luisa —la mora que había venido de Mauritania— con Armando;
el Guardia Rural: ¡Ay Mandy se acaba la mundo!
Tras una larga noche de calor, humedad, tazas de café, chocolate y tentempiés el
nutrido cortejo fúnebre parte rumbo al cementerio. Una llovizna que rápido
toma fuerza comienza a caer. Un relámpago cruza el cielo entoldado y…
Se impone puntualizar que esta ingeniosa trama —de redacción directa; carente
de atributos innecesarios, pero llena de imágenes, olores, situaciones humanas
y climáticas caracteriza— la prosa, siempre bien cuidada, de Tony Ruano.
Por otro lado, paralelo a lo dicho, sin contradicción alguna, en La sombra del
reflejo
abundan situaciones inesperadas, pletóricas del encantamiento que una
crónica, como esta, no alcanza a dimensionar. Por lo tanto, les invito a topar
con: La magia: La eterna magia del alma que disfruta su velorio. Llegada del
féretro, con la materia inerte, al camposanto y posterior inhumación en medio
de una mañana desapacible.
Como lector de la mayoría de las obras de Tony Ruano, me aventuro a decir que
parte del sortilegio que encierra y destila esta novela, encuentra antecedentes en
dos libros anteriores. Me refiero al poemario: Mi pueblo más allá de la memoria
(2004) y los relatos que se agrupan en el volumen De retorno al pueblo viejo
(2021).
Ante mí, mi pueblo, / carcomido por la historia, / despellejado por los Alisios,
/desgastado por su gente, / descongelado ante la realidad, / atrapado en un
cuento fantasmagórico / que no termina… Y, según cuenta el narrador y poeta
Tony Ruano, observador de sombras y reflejos:… la vida en un momento pasa /
y lo sé yo que estoy aquí / donde ya no hay prisas / donde todo lo hecho no
importa / ni existen logros / ni fracasos…
Fracasos y logros que se redujeron al chirriar del mármol contra el concreto al
tiempo de cerrar la tumba e inmediata elevación del alma de Jacinto en
repentina ráfaga de viento, seguida por un relámpago y trueno ensordecedor
cuya energía nutrió, con fuerza renovadora, los manantiales de aguas benéficas
que dieron origen a la fundación de la Villa.
NOTA: Tony Ruano, además de La sombra del reflejo, es autor de dieciséis
obras anteriores que cubren los géneros de poesía, novela, relatos, finanzas e
investigación histórica, incluyendo, poesía y cuentos infantiles. Su producción
literaria, disponible en Amazon Libros, ha sido traducida a otros idiomas.

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