POR: J. A. ALBERTINI
El pasado explota el presente,
mientras que el presente actualiza
el pasado.
De la obra: Otra libertad: La historia
alternativa de una idea.
Svetlana Boym.

Los 28 relatos que se agrupan en: Lo que sueñan las piedras, obra que denota
haber sido escrita a lo largo de los años y, posiblemente, en diferentes países y
ciudades en los que ha residido el autor —de una forma u otra— llevan al lector
curioso a indagar. Y digo indagar porque Ulises Fidalgo Prieto es un hombre
joven que se graduó de Física en la Universidad de La Habana, Cuba y años
después obtuvo un doctorado en matemáticas por la Universidad Carlos III de
Madrid. En la actualidad, radicado en los Estados Unidos, imparte clases de
matemáticas avanzadas.
No obstante, su capacitación sobre ciencias por aquello que dice: En
matemáticas siempre existe un grado de incertidumbre y probabilidad en su
aplicación, no impide que sus cuentos, de manera inteligente, aborden desde
puntos de vista humanos, y ampliamente, filosóficos, el devenir de la existencia
con mirada y sentimientos de alma vieja.
Ulises Fidalgo Prieto, generación X, nació en la ciudad de La Habana en 1971,
periodo, engañoso de 12 meses, que el régimen castro comunista, luego del
desastre de La zafra de los 10 millones, bautizó como: Año de la productividad.
Supongo que al niño Ulises, en edad escolar, lo estimularon a ser como el Che;
a creer en la perdurable eficacia de un solo partido gobernante, en el imparable
internacionalismo proletario y en la justeza de las aventuras africanas
—costosas y sangrientas para la nación cubana— de Fidel Castro.
El rechazo, por convicción propia, del continuado falso discurso político,
distorsionador de historia, tradiciones y costumbres patrias que entronizaba
—agrietando nuestro Caribe tropical— el estepario marxismo leninismo (al cual
la filósofa francesa Simone Weil calificó de “religión inferior”), con una fuerte
carga escéptica de una postguerra nunca librada, hace rememorar algunas obras
literarias y cinematográficas del neorrealismo europeo, donde el amor,
frecuentemente, resultó sacrificado —en crisálida— por temor a que horrores
ya vividos resuciten, envenenando la pasión que reclama el vuelo libre de las
mariposas. Esa tendencia palpita en cada una de las historias de Lo que sueñan
las piedras.
Como ancla del contenido del volumen, en mi condición de lector, tomo el
relato Esto no tiene nombre: Vicente, recluta del Servicio Militar Obligatorio
cubano, en un breve permiso conoce a Thais. Se enamora de ella pero
desconoce que la joven es opositora activa y pacífica. En su unidad militar
fuerzan a los reclutas para que asistan a un mitin de repudio. Su amigo William,
parafraseando a José Martí, asumiendo el decoro de muchos hombres se niega y
paga las consecuencias. Vicente huye del lado de Thais; se confunde con los
acosadores y lleno de pánico, traicionado lo genuino, escapa de aquel breve
romance. Vicente con ecos de Melodía olvidada para flauta y María Cruz
Varela —inmortalizada al ser obligada a tragar uno de sus poemas— ha
contribuido, con su deslealtad, a que la caduca y mal llamada revolución
cubana baje un peldaño hacia la nada.
Fidalgo Prieto es un escritor honesto que en no pocas ocasiones usando su
nombre, el de amigos o contemporáneos cruza fugazmente o participa en tramas
como Brumas o Nada de nada.
En otros, reaparece el tema del amor, aunque sea tarifado o regalado, por la
atracción física o espiritual que prende chispas en dos amantes que consumen
eternidad ocasional. En Viaje Orestes y Gloria Patricia —prostituta por
necesidad— se entregan al rito creativo que concluye, para él, en desilusión de
algo parecido al “vuelo nupcial”.
Y aunque en el relato Paradojas insulares, en algún momento, recordando al
escritor y humorista español Enrique Jardiel Poncela, el autor manifiesta: “La
ignorancia se cura con el saber, la juventud con el tiempo, pero la estupidez es
para siempre”, no se brinda solución plausible para que la soledad sentimental
de los personajes, halle la clave del porqué: “Amor se escribe sin H”. Será a
causa—calculo —“de que los apellidos Fidalgo Prieto significan hijo de algo
oscuro”.
Nuevamente la fragilidad de los afectos naturales del ser humano, deformados
por el miedo y la desconfianza que, como maleza invasora e improductiva,
disemina el totalitarismo insular se hace presente en el cuento Inadaptada. El
amor, firme o en ciernes, es traicionado. Ella, Maylín queda vacía y Junior —el
que lastra el sentimiento en sueños de piedras— según la moral vigente, ha
protegido su piel. La piel del sobreviviente denigrado del que habló Curzio
Malaparte. Ha sido una revolucionaria situación de causa y efecto. El amor,
no sin antes llagar la condición humana, simula que se diluye en la brisa de un
tiempo perverso.
La vida secreta, relato inicial del libro, en ingenioso juego de deseos y sueños,
jamás concretados —tomando como ejemplo el cuento, ya clásico, del escritor
estadounidense James Thurber, incrustado en la literatura popular
norteamericana y mundial: La vida secreta de Walter Mitty (dos veces llevado a
la gran pantalla 1947 y 2013)— nos adelanta, la idea escurridiza, presente cual
alma en pena, que colma Lo que sueñan las piedras. A pesar de ingeniosas,
conversaciones, pletóricas de filosóficas disquisiciones metafísicas, con
asideros científicos los personajes —todos jóvenes— no superan el
descreimiento generacional que los invalida para algo tan sencillo y natural
como creer, confiar, amar y ser amado.
Es cómodo, no peligroso, soñar en solitario. Imbuido de esa razón en Sombras
el personaje visita camposantos en inviernos ajenos. Y por el peso del
agnosticismo cristiano, que aligera el anhelo, es plausible que sonría a la tarde
gris e imagine —sin convicción absoluta— que pronto su literatura, o cualquier
otra cosa que haga, alcanzarán el vuelo merecido.
La intensidad, que por honesta tiene tendencia al subjetivismo, hace de Lo que
sueñan las piedras una obra, bien escrita y sincera, que venciendo la ficción se
convierte en testimonio de toda una sensibilizada generación de cubanos. Por
asociación de temas e ideas me remite al amor desinteresado, puro e ingenuo
que animó —a pesar de la perversidad de Zampano— la corta vida de
Gelsomina. (La Strada. Film italiano, 1954).
E imbuido de la pretensión subyacente, y carente de espacio para opinar sobre el
resto de las historias, retomando al asunto de las guerras y post guerras, cierro
esta reseña —caprichosa por olfato— con una máxima tomada de la novela
Incierta Gloria del escritor español, natural de Cataluña Joan Sales†, quien
participó en la Guerra y post guerra Civil Española (1936-1939): “La gente no
deberíamos unirnos por las ideas, sino por los sentimientos”.
NOTA: Lo que sueñan las piedras libro de relatos de Ulises Fidalgo Prieto se
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